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15/09/2016
HUNGRÍA DE LA POSTGUERRA.
El Club de la Sonrisa.

Tras la Primera Guerra Mundial, el país europeo intentó combatir una lamentable ola de suicidios de una forma algo exótica.

No es precisamente sorprendente que —una vez finiquitada la Primera Guerra Mundial, la más destructiva hasta aquel momento de la historia— cantidad de soldados tuvieran que lidiar con estrés postraumático y depresión. Lo que sí es sorprendente es que la estela hubiese alcanzado a una urbe entera y que, promediando la década del 30, los propios medios locales y residentes comenzasen a llamarla “La Ciudad de los Suicidios”. La “epidemia” de muertes autoinfligidas que comenzó a acaecer en Budapest, tenía al ahogamiento como el método preferido de los melancólicos. Botes policíacos se apostaban en las cercanías de puentes clave, intentando impedir intentos o socorrer a quienes dieran el salto final. 

Sin más, el 17 de octubre de 1937, el periódico Sunday Times Perth publicaba que “barcos patrulleros han estacionado a lo largo de la frontera para rescatar a ciudadanos que buscan consuelo en las oscuras aguas del Danubio”.

Por supuesto, tan extraño fenómeno generó similares hipótesis, y prontamente hubo dedos señalando que la culpable de la mortífera ola era una canción: la entonces popular “Gloomy Sunday” (“domingo lúgubre” también conocida como “la canción húngara del suicidio”), compuesta en 1933 por Rezsõ Seress; el músico —no tan curiosamente— acabó colgándose en 1968, un domingo, claro está. Así y todo, quizá lo más extraño de todo haya sido la solución que encontró el gobierno de turno para detener el horror: crear el surrealista “Club de la Sonrisa”, digno, sí, de “La dimensión desconocida“. Escuelita que buscaba mejorar la atmósfera de Budapest logrando que las personas no sólo sonrieran más; también sonreír mejor.

Tal como explica el medio previamente citado, “el club comenzó como una broma entre el Profesor Jeno y el hipnotizador Binczo, pero —de algún modo— se puso de moda. Los organizadores tienen ahora un colegio regular y garantizan enseñar distintos tipos de sonrisas: la de Roosevelt, la de Mona Lisa, la de Clak Gable, Dick Powell, Loretta Young, entre otras variedades, puntuadas acorde a sus niveles de dificultad”. 

El hipnotizador Binczo, en un espectáculo digno de vodevil, demostró cómo el simple acto de sonreír resultaba complicado para los habitantes de la ciudad. Como parte de una presentación pública, puso en trance a un grupo de personas sacado del público e hizo que obedecieran sus órdenes, indicando que vieran cosas y se comportaran de forma poco común. Pero cuando finalmente ordenó que sonrieran, fueron incapaces de obedecer, algunas despertaron del trance o comenzaron a llorar de forma dramática. Parecía existir algo muy malo en la ciudad donde las personas no sonreían.

Ante la preocupación generalizada por este síntoma extendido en la población, los Clubes de la Sonrisa encontraron un gran número de interesados, la oferta de los clubes se diversificó, ofreciendo diferentes tratamientos contra el combate de la tristeza. Algunos contrataban a profesores para enseñar cómo debería ser la sonrisa perfecta, mostrando fotografías de celebridades y ordenando que los alumnos intentaran reproducir la expresión de la foto. Otra escuela ofrecía una especie de ganchos para labios, un armazón metálica que sujetaba los labios de tal forma que la persona era incapaz de contener la sonrisa. Otra fue mucho más lejos, ofreciendo un tratamiento de choque a base de gas de la risa para forzar a los alumnos a echarse unas buenas carcajadas. 

Empero, según puede verse en las imágenes, los “docs” usaban didácticas metodologías, como plantar en la cara de los alumnos, cintas con sonrisa incorporada, acaso esperando que el efecto ósmosis diera sus frutos. Dice la leyenda que funcionó. Aunque cabe suponer que muchos prefirieron mantener a raya cierta pulsión de muerte, todo con tal de no tener que usar tan ridícula máscara. 

La situación se instaló en Hungría durante casi un año, después de esto las personas deben haber empezado a sentirse ridículas y los Clubes de la Sonrisa fueron desapareciendo.

En 1940, el gobierno obligó a los pocos clubes sobrevivientes a terminar sus actividades, acusando a sus propietarios de defraudar a la población con charlatanería. En torno a esa época, el número de suicidios fue disminuyendo hasta alcanzar niveles compatibles con las otras ciudades de Europa. La Segunda Guerra Mundial comenzaría poco tiempo después y no habría muchos motivos para sonreír, en Budapest y en el resto del mundo. 

Las fotos que se exhiben esta nota son parte de las que fueron publicadas por la revista danesa Het Leven, en 1937.  

Fuente: Radar (Página 12)






 

 
 


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